El Ego, eso de lo que todo el mundo habla y, a menudo, choca con nuestras creencias. ¿Qué es? ¿Por qué existe?

El Ego es uno de los dos aspectos principales que componen nuestro Ser individual. Es decir, el Ego soy Yo. ¿Y cómo es que siendo Yo, tengo una lucha constante con el Ego? Porque nos hacen creer que el Ego es el malo de nuestra película, y debemos mantener una lucha constante contra él.

Os contaré una historia.

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Érase una vez un Reino, gobernado por un Soberano, quien se apoyaba en su principal Consejero, su hermano gemelo, para tomar las decisiones más difíciles en relación a su Reino. Normalmente, el Soberano no actuaba si no era con la aprobación de este Consejero. Entre ellos no existía una Jerarquía, simplemente gobernaban juntos, uno de ellos se exponía al pueblo, mientras el otro no daba importancia a ser públicamente conocido. Gustaba de poder pasear libremente por las calles sin que nadie le parara. 

Un día, el Soberano pidió los favores de su Consejero para personales, nada que ver con el Reino. Su hermano, haciendo uso de su función como Consejero, le recordó que sus funciones estaban limitadas a la dirección del Reino, y no debía intervenir para asuntos personales. El Rey, enojado con su hermano, comenzó a no confiar en él, tomando las riendas sobre el destino del Reino sin el apoyo ni consejo de su hermano. Éste pidió audiencia un día, y le recordó las directrices de su Padre para un buen gobierno, ya que al ser gemelos, sólo uno de ellos podía ser nombrado Rey, aunque ambos debían regir con sabiduría y libertad. Además, le advirtió de las consecuencias para todo el Reino si continuaba con su decisión de silenciar su opinión y juicio. El Rey, ofendido por las insinuaciones de su hermano sobre su inconsciencia en la forma de reinar, ordenó su cautividad en una celda en las profundidades del castillo. Sólo podía tener contacto con él mismo, quien le llevaría comida y bebida. 

En sus visitas, el Rey aprovechaba para contarle todo lo que sucedía en el Reino, embriagado por la soberbia del poder de su soberanía, alimentando en su hermano la rabia y la ira por su encarcelamiento. Pasó años en la prisión, el Rey seguía compartiendo con él sus éxitos y sus fracasos, a menudo pedía consejo, y su hermano intentaba siempre orientarle, y convencerle de que la mejor forma de gobernar era juntos, como hacía ya un tiempo lo hicieron el libertad y armonía. Un día, el Rey lo visitó y le contó que el Reino se estaba muriendo. Había sequía, estaban en guerra con los Reinos colindantes. Los ejércitos estaban menguando por falta de alimentos y habían agotado la mayor parte de sus recursos. El hermano del Rey enfureció al saber todo lo que estaba aconteciendo, y decidió tomar medidas. Cada día que pasaba, se acercaba más al Rey, se arrimaba a sus emociones y le hizo adicto a sus propios miedos. Así, en un descuido, consiguió liberarse de aquella prisión y decidió tomar su posición al frente del gobierno. Cambió radicalmente la política, y enviaba órdenes contradictorias a sus ejércitos y vasallos, tan sólo para poder retomar el poder que antaño les correspondía. El Rey, aturdido por los nuevos acontecimientos, se sintió prisionero de su frustración. Durante largo tiempo, este Reino se mantuvo en una gran incertidumbre, gobernado bajo la semilla de la envidia, con ira, orgullo, miedo, vanidad… Cada gobernante emitía sus órdenes, a menudo contrarias entre ellos. en el mismo Reino se formaron grupos simpatizantes de cada uno, reproduciendo los mismos estados de anarquía entre los vasallos y los ejércitos. 

Un día, el capitán de los ejércitos solicitó audiencia ante ambos gobernantes. Y les habló, como si ambos fuesen uno sólo:

– Mi Rey, ya no queda nada que proteger. Nuestros enemigos esperan en la frontera a que nos destruyamos entre nosotros. Hace un tiempo hice un juramento: Proteger a este reino de sus enemigos, como también os protegería a vos de vuestros miedos. Pero no juré protegeros de vos mismo, pues esa orden acabaría inmediatamente con la anterior. Salid y mirad las calles, mugrientas porque nadie quiere limpiar. Los vecinos se culpan los unos a otros de sus propias miserias. Los artesanos ya no fabrican sus artilugios completos, pues ya no colaboran entre ellos. Se están perdiendo cosechas por no querer alimentar más a vecinos. Las enfermedades proliferan precisamente por esa falta de alimento. Verduras y animales en mal estado son los que nos dan a los ejércitos. 

Tiempo ha que hicisteis del Reino vuestro hogar. Decidme, mi Señor, ¿saldríais hoy a la calle como antaño? ¿Compartiríais pan con la primera persona que os crucéis?

Mi Señor, juré proteger al Reino, a sus granjeros, artesanos, comerciantes, escribas, ejércitos y soberanos. Por eso vengo a daros este mensaje: Ya no queda nada que proteger. Pero quizás, a partir de ahora, si haya mucho que hacer reconstruyendo el Reino, vuestro Hogar, vuestro Templo. El Templo de todos. 

El Rey y el Consejero escucharon muy atentamente las palabras de su capitán. Hasta ese momento no habían tomado consciencia de lo que estaba sucediendo. De las consecuencias que estaban teniendo sus actos de soberbia. Se encerraron en aquella prisión, y hablaron por largo tiempo. Sacaron la rabia, la frustración, y todas aquellas emociones que fueron acumulando en la oscuridad, para que vieran la Luz y pudieran identificarlas como una Verdad reconocible. Por fin las lágrimas limpiaron las suciedades del rostro, lavaron las emociones, y pudieron abrazarse nuevamente en el perdón, para poder volver a gobernar con Amor. 

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Quizás lo hayáis identificado ya, el Rey es el símbolo de lo que conocemos como Yo. El Consejero simboliza a lo que conocemos como Ego.

Todo lo que sucede a lo largo de nuestra vida, son las consecuencias de nuestros actos, que nos muestran lo que debemos conocer para nuestro aprendizaje, superación, y triunfo. En este mundo de polaridades, el Ego coexistirá con nuestro Yo, tratando de ser reconocido como coautor de nuestras experiencias. Sólo podemos vencer como Ser, a partir del mismo instante en que tomamos conciencia de la existencia de nuestro propio Ego, sin necesidad de someterlo.

Aquí no acaba el trabajo. El trabajo de cualquier iniciado debe continuar para que su microcosmos se comporte como un sistema Universal, en el que no existe la dualidad, sino la polaridad.

Cada Verdad está formada por dos o más verdades y, a su vez, todas son formas de una misma Verdad.
 

No existe el blanco y el negro, sino que ambos son gradaciones de una misma verdad. Del mismo modo, no existe el Yo y el Ego… ambos son gradaciones de una misma verdad, de un mismo YO, o un mismo EGO.

Pero no basta con decirlo, ni repetirlo en charlas o conferencias, ni talleres en los que brilla el reflejo de lo que cae en saco roto. No por repetir palabras estamos más cerca de la verdad. No por escuchar andamos el correcto camino. No por hablar somos más o menos maestros. La Maestría es un largo camino de evolución y crecimiento personal, en el que cada experiencia nos valdrá a nosotros mismos. Siempre se habla de que el camino es personal y solitario, pues al final, el día que nos vayamos, nos iremos sólo con el resultado de la suma de nuestras experiencias. No debemos esperar que nuestras prácticas nutran a otros, como tampoco debemos nutrirnos de las destrezas de los demás.

Negar la existencia del Ego, es negar nuestra propia naturaleza. El Ego es inherente a nuestra condición humana, nacemos con él y morimos con él. El grado en el que permitamos que el Ego forme parte de nuestro consciente depende mucho de nuestra capacidad de reconocer su propia existencia.

El trabajo iniciático no consiste en doblegar al Ego para evitar que domine nuestras pasiones. Consiste en silenciar esas pasiones para poder escuchar todo cuanto acontece en nosotros. Aceptar la existencia del Ego, como parte de una totalidad, nos hará aceptar quiénes somos, y nuestra propia naturaleza. Una vez hecho esto, todo lo demás sucede en el Orden preciso. El Ego y el YO deben coexistir en perfecto equilibrio y armonía. Podríamos vivir en un exceso de YO (Ego Superior), o un exceso de Ego (Ego Inferior). Esto no supone un avance o un retroceso en nuestro camino. Simplemente implica un desajuste, una incoherencia. Cuando ambos aspectos de nuestro Yo conviven en belleza y armonía, es cuando se manifiesta la Divinidad que habita en cada uno de nosotros, pues la belleza, en cualquiera de sus aspectos físico, emocional, mental o espiritual, es una de las manifestaciones de la Divinidad.

El verdadero camino es el que se anda con los pies, el que hace que se formen ampollas, y nos permite vivir y aprender de lo que el mismo sendero nos ofrece, sus partes pedregosas, sus llanos, sus subidas y sus bajadas. Cuando caminamos, nos equivocamos y rectificamos, descansamos, nos alimentamos, y volvemos a caminar, sin prisas, sin esas pasiones alimentadas por el Ego. Cuando caminamos, solemos cargarnos con cosas innecesarias, no debemos cargar la mochila de otros, sino preocuparnos de la propia. Deshacernos de todo aquello que nos evita avanzar, y ocuparnos del suelo por donde caen nuestros pies. Ayuda al prójimo en su sendero, siempre que quiera ser ayudado, pero las cargas son personales.

Vive, toma consciencia de tus Egos antes de señalar los ajenos, libérate de tus cargas, doblega la oscuridad que te acecha… y al final,

La Verdad te hará Libre
  • ¿Y cuál es la Verdad?
  • Que no existe el Ego.

En nuestra Voluntad está la clave.

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