Recientemente, vimos la doble cara de Jano despidiendo el año 2015, y dando la bienvenida al entrante, dejando atrás los frutos cosechados de nuestro último ciclo, para comenzar el trabajo de una nueva cosecha. Esta fecha es precedida por otra, quizás la más importante del ciclo solar, el Solsticio de Invierno, o día de San Juan de Invierno. Celebramos algo más que una simple posición de la Tierra respecto al Sol. Desde las culturas más antiguas, se ha celebrado el regreso del Sol, ya que a partir de esa fecha los días comienzan a ser más largos y las noches más cortas. Es el triunfo de la Luz sobre las Tinieblas, o como se le conoce en la antigua Roma, DIES NATALIS INVICTI SOLIS, Nacimiento del Sol Invicto.

Antiguo Egipto

El mito de Osiris es el mito más elaborado e influyente en la mitología del Antiguo Egipto. Trata sobre el asesinato del dios Osiris, un rey de Egipto primitivo, y sus consecuencias. El asesino de Osiris, su hermano Seth, usurpó su trono, mientras que la esposa de Osiris, Isis, recuperó el cuerpo de su esposo y concibió póstumamente un hijo, Horus, con él. Los antiguos egipcios fijaban la preñez de Isis, la virgen reina de los cielos, en el mes de marzo y el nacimiento de Horus a finales de diciembre. Los egipcios no sólo adoraban a una madre virgen, sino que representaban a los fieles la efigie de su recién nacido acostado en un pesebre. Durante el solsticio de invierno, la imagen del dios egipcio Horus era sacada del santuario para ser expuesta a la adoración pública de las masas.

Pueblos Indoeuropeos

Los pueblos indoeuropeos, más conocidos como celtas, aunque celebraban el solsticio, no era una de las conocidas como las cuatro festividades mayores, que tenían su celebración siguiendo un calendario lunar, por lo que eran móviles según nuestro actual calendario. Este Solsticio se denominaba Yule.

Los druidas comenzaban cada ciclo en su momento de oscuridad, pues es así como nos encontramos al nacer. Los días comenzaban cuando la luz ya abandonaba por el ocaso, los meses en luna nueva, y los años, en el Shamain, pues es cuando la Tierra enmudece cayendo en un letargo invernal. Samhain, junto con Bealtaine, eran fechas en las que las puertas de otra dimensión eran accesibles de mejor forma, cuando el velo que separa ambas dimensiones se hacía sumamente tenue.

A pesar de ser una festividad menor, los druidas debían conocer la importancia de los Solsticios, y tal vez llevaran a cabo algún ritual, aún así no era una celebración popular. Los druidas recolectaban el muérdago bañado por el rocío de la noche solsticial del árbol de la sabiduría, alrededor del cual disponían un lugar de culto, el Drus, o como lo conocemos hoy, el Roble. Parece ser que esta costumbre iba más allá de las propiedades medicinales, ya que éste, el muérdago, continúa verde en el más crudo invierno, cuando el resto del árbol torna un color palidecido por el frío.

 

solsticio-de-invierno_SATURNALIA

 

Grecia

En las civilizaciones del Mar Egeo, alrededor del solsticio invernal, con carácter propiciatorio de la fertilidad/prosperidad y en medio de festejos, caracterizados por la gran alegría general, se celebraba el culto popular de Dioniso.

Roma

Durante la República Romana la celebración era muy semejante a la que los griegos denominaban Kronia, en memoria de Cronos, y llamaron la Saturnalia, cuyo origen era el 17 de Diciembre, pero ampliado hasta el día 23 de ese mismo mes. Se llevaba a cabo un gran festival público en Roma. Además de estos ritos públicos había una serie de costumbres celebradas en privado. Los esclavos eran eximidos de sus obligaciones y restricciones, podían jugar y ser uno más, estaban exentos de castigo, se les permitía tratar con desprecio a sus amos, incluso días antes de la fiesta celebraban un banquete donde eran servidos por sus dueños. No se usaba toga, más bien poca ropa, colorida en informal, y el pileus, o sombrero del liberto, era usado por todos. Saturnalia se convirtió en uno de los festivales romanos más populares que dieron lugar a más locura, marcada principalmente por el cambio ostensible de lugares entre amos y esclavos, lo que temporalmente revertía el orden social.

Aproximadamente en el S. III de su Imperio, los romanos llamaron a esa fecha Sol Invictus, o más ampliamente Dies Natalis Invicti Solís. Lo celebraban con un gran festín que duraba día y noche más o menos el día 25 de Diciembre, el primer día después de los seis días del estancamiento solar en su camino hacia el norte.

Cristianismo

Posteriormente, el Cristianismo convirtió el Solsticio en la Natividad de Jesús Hristòs, el Ungido, día en el que renace la esperanza y la Luz en el mundo. Pero esta celebración tiene sentido por correspondencia a otra posición de la Tierra respecto al Sol: el Solsticio de Verano, o día de San Juan.

“Entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista; pero el más pequeño en el reino de los cielos, mayor es que él.”

Mateo 11:11.

 

En el solsticio de Verano se celebra ese reconocimiento, en el que la Luz promulgada por San Juan empequeñece para dar paso a otra que ha de venir. El Evangelio cuenta que su madre Isabel estaba de seis meses cuando el arcángel San Gabriel anunció a su prima María la concepción del Mesías. De ahí se podría relacionar la celebración de San Juan y su casual correspondencia con el Solsticio de Verano, de hecho, historiadores y teólogos lo hacen ver así. Hay otro dato importante, al menos para mí. El día 29 de Agosto se conmemora la muerte de San Juan, cuando entregan la cabeza de éste en una bandeja de plata; Plata para alguien que apaga su luz y así que otro brille con más fuerza que él, y en alquimia, no hay metal que supere a la plata que el Oro, el metal que simboliza al Sol.

El pasado solsticio de invierno, fue doblemente especial, ya que, en esos seis días que la tierra se encuentra prácticamente inmóvil con respecto a las horas de luz y oscuridad, la luna alcanza su máximo ocaso durante el día de la Natividad, y ésto dura alrededor de tres noches. Qué mejor forma de celebrar el triunfo de la Luz sobre la Oscuridad, que el mismo Sol se vea la cara con quien abandona la noche en reconocimiento de su derrota.

Duerme la Tierra, el bien más preciado que podamos jamás tener. Sitos solos ante la nada, dormita nuestro rededor, con la única opción de comer y alimentarnos de aquello que hemos cosechado tras un duro trabajo. Trabajo realizado con ansia y tesón lunas atrás. Nada se puede hacer, la tierra está agotada y satisfecha de los frutos que nos ha confiado. Encomendándonos la ardua tarea de saber distribuir, y repartirlos antes de que pueda renovar sus fuerzas, para darnos la primera chispa de esperanza que emerge de la más profunda oscuridad. Nada salvo la espera. Tiempo que no debe ser desperdiciado, sacando así provecho, cultivando aquello que sabemos aún con vida: nuestro Cuerpo y Espíritu.

Tiempo de silencio, de espera, de recogimiento y meditación. Pensar en estas tinieblas que cubren nuestros días y se convierten en nuestra morada, tiempo que debemos aprovechar para observarnos a nosotros mismos y descubrirnos bajo esta tenue luz. Y celebrar así el reconocimiento y aceptación que alcanzamos cuando regresa a la vida lo que de la tierra vuelve a nacer. Ser y saber ser. Somos únicos en este mundo. Responsables primeros de cada uno de nuestros actos, y herederos primogénitos de nuestras propias consecuencias. De nuestras manos, actos y conciencia dependerá la cosecha que sembramos tiempo atrás, y así comer el fruto y saborear ese néctar que se ha destilado sólo para nosotros. Siendo jueces de la amargura o del dócil sabor que nuestro destino nos depara.

Seamos conscientes de cada día con su noche, y de las noches con sus días. Y si ello no nos permiten serlo, conformemos la hibernación de nuestro Espíritu. Regresemos atrás, sólo para observar desde fuera, lo que no supamos apreciar desde dentro, y entender así el sabor de lo que hoy nos alimenta en lo más profundo de nuestra esencia. Y consumamos lo amargo para que jamás lo desdeñemos, y saboreemos la ambrosía que jamás olvidaremos. Aprendamos a vivir siendo como somos, imperfectos, aceptando que nuestros iguales son como nosotros, seres también imperfectos, y todos en el mismo camino hacia la excelencia. Un sendero que sólo tiene una dirección hacia donde ir… hacia adelante. Sin más opciones ni vuelta atrás, para evitar llegar a convertirnos en una pétrea y eterna estatua de sal. Paremos, meditemos, reflexionemos, cavilemos, discurramos… pero siempre avanzando. El pasado pasado es, y lo que lo separa del presente es tan sólo un efímero instante en el que ese presente ya torna a ser el nuevo pasado.

Ya entramos en el invierno. Busquemos en nosotros y elijamos nuestros mejores frutos, para obtener de ellos sus semillas y volver a sembrar. Si encontramos algunos inmaduros, o incluso podridos, no desesperéis, aún se disponen de los que debemos guardar para que el ciclo continúe. Aprendamos de ellos, mejoremos nuestras herramientas, aireemos la tierra, y mimemos esas semillas… Y conseguir así, en cada cosecha, todo aquello que hemos logrado salvar y superar, con la satisfacción en el próximo Solsticio, de haber llegado con un buen aumento de salario. Ser capaces de ver que, cada uno de nosotros, alcanza en vida esos solsticios con sus equinoccios, al igual que vivimos nuestros albores y nuestras noches. Y sintamos, y reparemos, y apreciemos, … y vivamos amando cada uno de esos instantes que recorrre la sangre de nuestras venas, alimentando siempre el fuego de nuestras entrañas.

Leer artículo en Noir, Revista Cultural. Versión reducida.
Leer artículo completo en la Revista Digital AmmaElah de Divulgación de Conciencia. Número #1 Enero 2016.

 

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